Salgo de casa para mi caminata por la mañana, con mis zapatos deportivos super cómodos, cuando la temperatura es agradable y no hay frio, ni calor y el viento llega para acariciar el rostro con una suave brisa.
Decidí caminar conscientemente, sintiendo mi respiración y mis pies sobre el suelo.
Comencé a recorrer mi calle favorita “Galeano», saludando y abrazando a un árbol centenario, para que me transmita la energía que recibe de la tierra, de este planeta que es la casa grande de todos.
Además al abrazar al árbol imaginaba también recibir el abrazo de mis hijas, mis nietos y aproveché ese momento para enviar una oración de bienestar a la humanidad entera.
Me vino a la memoria en otro recorrido, un conjunto de flores aglutinadas unas con otras, abrazadas entre sí, expandiendo belleza, aroma y alegría a quienes se detengan a contemplarlas.
Retorno al presente, cómo se dice «al aquí y al ahora» y continúo con mi diaria caminata, por la hermosa calle Galeano; al pasar por otros árboles mis oídos disfrutan del canto de los pajaritos. Su canto me transmite paz y alegría. Me digo a mí mismo, son otros seres vivos que me saludan en otro idioma.
De pronto, aparece un joven papá que camina junto a su hijo pequeñito, quien disfruta con un carrito de madera conduciendo por la acera, siempre protegido por su progenitor.
Al sentir la dulzura, paciencia y ternura que une al padre con su hijo, mi corazón decide sacudirse de la prisa e indiferencia y me detengo. Les saludo con buenos días y comento: «Que bello niño y su carrito».
El papá de inmediato me agradece con una gran sonrisa y yo recibo el premio del día al haberme conectado con el corazón de dos almas que no conocía, pero que compartimos el mismo cielo, la misma divinidad y que llegamos a este mundo con el mismo propósito, de evolucionar como seres espirituales, expandiendo bondad, cuidado, respeto a nuestra Gaia, la madre tierra y a todo ser vivo de este bello planeta.
MarthaVa🥬